lunes, 26 de junio de 2017

HOMERO Y ESCUELA

También yo apreciaba a Homero, pero no con el amor de un literato. La más humilde y piadosa de las mujeres, era, no obstante, una madre lo bastante orgullosa para enseñar a su primogénito, no los himnos de Watts, sino solamente esto: a encontrar un hogar en su silla de montar, y a amar al viejo Homero y todo lo cantado por él. Es cierto que el griego había sido vertido ingeniosamente al inglés, el inglés de Pope, pero ni siquiera un filtro así puede resguardar a un chiquillo grave del fuego de las batallas homéricas.

Yo escudriñaba en la Odisea como en un cuento, experimentando esperanza y temor por el héroe al que en parte despreciaba. En cambio, la Ilíada, línea por línea, la asimilaba mentalmente con reverencia y amor. Del mismo modo que una anciana se sienta para leer su Biblia con gran confianza y con vistas a la vida futura, así yo, como si me conviniese para mi propia lucha en este mundo temporal, leía y releía la Ilíada. Incluso en su aspecto exterior era distinto de los demás libros. Contenía un prefacio o disertación en un tipo de letra mucho más majestuoso que el resto del libro. También lo leí, cuando mi entusiasmo por la Ilíada alcanzó su punto culminante. El prologuista, que hacía un resumen de las opiniones de muchos hombres, especialmente de los antiguos, decía, ignoro con qué originalidad, que la Ilíada lo era todo para la raza humana, que era historia, poesía, revelación, y que las obras de los hombres eran insensateces y vanidades que pasarán como los sueños de un niño, pero que el recuerdo de Homero perdurará siempre.

Convine en ello con toda el alma. Lo leí y sigo ha­ciéndolo. Llegué a conocer a Homero. Un erudito comentarista sabe algo de los griegos, en el mismo sentido que podría decirse que un manipulador de aceites y pinturas sabe de pintura. Pero tomemos un niño salvaje y dejémosle solo durante doce meses con cualquier traducción de Homero y llegará a estar veinte siglos más cerca del espíritu de la vieja Grecia. Él no se detendrá en el noveno año de sitio para admirar éste o aquel grupo de palabras, él no tiene libros en su tienda, pero comparte los consejos vitales con el «Rey de los Hombres» y conoce las almas recónditas de los dioses amenazadores: ¡Cuán profanamente se regocijará con los poderes divinos cuando aprenda a temer las proezas de los mortales! Y, sobre todo, ¡cómo gozará cuando el Dios de la Guerra huya, gimiendo, de la lanza de Diómedes, y suba al cielo para salvarse! Luego, el hermoso episodio del libro sexto: el modo de apreciarlo no pasa por aprender cómo admirarlo mejor a través de eclesiásticos y maestros. El chiquillo impulsivo no excava para descubrir belleza, sino que estrecha el cerco. Las mujeres le enojan con sus retrasos y su charlatanería; la alusión a la niñera es personal y siente poca simpatía hacia el niño que es tan joven que se aterroriza ante el penacho de un yelmo. Pero, mientras se impacienta por la lentitud de la acción, la fuerte luz cenital de la poesía de Homero ilumina tan de lleno a los personajes y las cosas de la Ilíada que al niño pronto le son tan familiares como el chal de su madre. Sin embargo, el pequeño desconoce este gran triunfo y sigue avanzando, vengativo, sediento de la mejor sangre de Troya, sin someter su fiereza, hasta que casi de improviso ésta se convierte en pena, la nueva pena generosa que aprende a sentir cuando el más noble de todos sus adversarios yace tristemente agonizante a las orillas del Escamandro.


Días heroicos son éstos, pero los negros tiempos de la vida escolar les siguen de cerca. Supongo que al final todo está bien, pero a primera vista parece constituir una triste caída intelectual el paso desde el vestidor de vuestra madre a una escuela bulliciosa. ¡Se sienten tan agudamente los deleites del saber prematuro! Se inician extrañas y místicas amistades con los simples nombres de montañas, mares, continentes y ríos caudalosos. El niño conoce el curso de los planetas, rebasa sus límites estrechos y exige el espacio infinito. Acosa al cilindro mecánico hasta que éste le vence, como un juguete con el que jugar, ese fuego sutil en que fue forjada nuestra tierra. Sabe de las naciones que han llegado alto en el mundo y de las vidas de los hombres que han salvado imperios del olvido. ¿Qué más puede aprender? Pero queda dispuesto el funesto cambio y entonces el delicado latín (igual para todos), con pequeños fragmentos y remiendos de griego, cae sobre vuestros conocimientos primarios cual burdo paño. En lugar de agradables enseñanzas, se prescriben gramáticas viles, monásticas y aleluyas, diccionarios de prosodia latina, vocabularios y horribles zarandajas de lenguas muertas, y recorréis desde la historia romana hasta un fragmento de Scriptores Romani, más allá de la poesía griega, hasta los fríos razonamientos del Poetae Graeci, ¡trinchados por comentaristas y servidos por maestros de escuela!

Alexander Kinglake, Eothen (un viaje a través del Oriente mítico) 

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