miércoles, 13 de abril de 2016

LA FILOLOGIA BIZANTINA

(Entrada reciclada de mi blog anterior Me suena a griego)

El amigo Consalvus, φιλέλλην ες πακρον, (al que agradezco especialmente su colaboración)  nos ofrece la traducción de un απόσπασμα del manual sobre literatura bizantina de Herbet Hunger  βυζαντιν λογοτεχνία, λόγια κοσμικ γραμματεία τν Βυζαντινν

Además del lógico valor de la lengua griega como elemento diferenciador del pueblo griego,  me parece especialmente interesante el uso práctico que hacían de ella. Parece que estos filólogos tan desconocidos no se dedicaban tanto a sus discusiones bizantinas -por las que han gozado de tan mala fama- como creíamos. Y aún siendo cierto que su  elección del griego clásico como herramienta de trabajo (no sólo filológico, sino también burocrático, como se explica en el texto) puede bien ser el primer escalón de lo que se  acabaría convirtiendo en el problema de la diglosia griega, también es gracias a su labor que podemos leer a muchos, si no a todos, de los clásicos.




Valor histórico e intelectual de la filología en Bizancio.

La filología (tanto la que se ocupa de las lenguas y literaturas antiguas como de las modernas), que durante el siglo XIX permaneció siendo una de las ciencias teóricas más importantes, en nuestros días ha perdido gran parte de su atractivo. Y mientras la lingüística contemporánea, particularmente cuando se combina con campos modernos de investigación –por ejemplo, la sociolingüística– gana constantemente terreno, la filología de la vieja escuela –me refiero sobre todo a la filología clásica, tal cual se desarrolló orgánicamente desde el Renacimiento– corre un riesgo cada vez mayor de ser superada del todo.


Esto se debe, por una parte, al comprensible agotamiento del material científico (muchos temas, por muy interesantes que fuesen, se han tratado muchas veces) y aún porque la postura de nuestros contemporáneos ante la herencia cultural y, en general, ante la historia ha cambiado. En particular, el humanismo como familiarización activa así como incorporación de la herencia cultural grecorromana parece que va gradualmente cercenándose en los pocos representantes profesionalizados de los estudios clásicos. La mayoría, aun los que se consideran instruidos, no reconocen ya en la literatura y en las artes visuales de la antigüedad clásica ninguna autoridad que los vincule; no son admitidas en las manifestaciones culturales ni como original ni como "modelo" para sea cual fuere el campo. Consecuentemente también la ciencia de la antigüedad clásica, que desde antiguo conducía al conocimiento y a la vivencia de los logros del espíritu griego y romano, basculó en el espacio de pocas generaciones hacia una posición insignificante en la escala de los valores culturales.

Diametralmente contraria es fuerza que vemos en la filología de los bizantinos. La conservación y transmisión de los textos antiguos a la posteridad se guarda en los pergaminos culturales de los bizantinos. Sin los filólogos bizantinos y su trabajo infatigable como editores y comentadores de las obras griegas antiguas, nuestros conocimientos sobre el mundo intelectual de los antiguos y sobre las manifestaciones de cualquier tipo de la vida de romanos y griegos, serían con mucho muy pobres. Para los mismos bizantinos la filología, es decir el estudio de la lengua griega y las obras que se habían compuesto en esta lengua, fue siempre una misión nacional y política. La lengua era lo que distinguía al griego del bárbaro, y, en Bizancio, al ciudadano formado del rudo extranjero. Por mucho que el Imperio Bizantino fuese políglota, por mucho que en sus grandes urbes viviesen hombres pertenecientes a diversas razas que hablaban diversas lenguas, el impecable conocimiento del griego en su forma clásica (o, a fin de cuentas, de la forma que para ellos era el griego clásico según el caso) permaneció como saber característico del ciudadano romano educado. El observador contemporáneo ve a menudo esta adoración de la lengua antigua una exageración. Sin embargo, para los bizantinos era un factor esencial para su autoconservación nacional. Esto se verificó en los siglos oscuros de la Turcocracia, cuando precisamente este cultivo de la lengua y de la filología -junto con la adherencia a la ortodoxia- ofreció al pueblo griego la posibilidad de sobrevivir.

¿Qué condiciones permitieron en Bizancio el desarrollo fértil de la filología? 1º.- El desarrollo lingüístico desde los primeros siglos del Imperio Romano. 2º.- Las relativamente benignas circunstancias para la transmisión de los textos. 3º.- La imitación derivada del aticismo, la cual era mucho más que una simple elección de estilo. 4º.- La función política y social de la retórica.

Desde la época de las expediciones de Alejandro Magno y de la formación de los Estados de los sucesores en el espacio del Mediterráneo oriental, la lengua griega ganó gradualmente una nueva dimensión más allá de los dialectos. La koiné, la lengua de los ocupantes, los cuales procedían de diversas regiones griegas y de las colonias griegas, se impuso con el paso de los siglos en todos los estratos sociales de los reinos helenísticos. Cuando los discípulos de Jesús se pusieron con la escritura del evangelio cristiano, eligieron justo esta koiné, la lengua hablada ampliamente comprensible, como medio de comunicación más fecundo. Como nuevos señores del mundo, los romanos conocían la lengua griega en su forma de la koiné desde la época de la conquista de las provincias griegas. Para los romanos cristianos, que eran cada vez más numerosos, se habían creado de esta manera (en la medida que sabían griego) las mejores condiciones para la comprensión de los textos del Nuevo Testamento.


Y mientras esta lengua en los últimos siglos de la antigüedad se había desarrollado orgánicamente, de modo que había terminado en la lengua hablada bizantina de la Edad Media, la concepción culta del aticismo opuso a este desarrollo fisiológico desde los tiempos imperiales tempranos un factor inquietante y sorprendentemente drástico, al menos en lo que se refiere a la llamada literatura culta y no popular. Una serie de escritores áticos se declararon como ejemplos de lengua y estilo, y del escritor "contemporáneo" se esperaba que siguiese en el mayor grado posible esta norma.  Existen cientos de testimonios de que los escritores bizantinos cultos reaccionaban "alérgicamente" a la lengua hablada y a los dialectos contemporáneos. Por mucho que esta limitación de la libertad literaria, así como la mortificación de la genuina creación literaria y, finalmente, la marcha hacia una desgraciada diglosia provocan tristeza e incluso se condenan, para la transmisión de los textos el aticismo significaba la completa asimilación de la antigüedad tardía y de la literatura bizantina, esto es, la tipificación de ésta última según el eje cardinal de las más importantes obras de la literatura griega antigua.


Puesto que tenía que ir primero el aprendizaje en la escuela de cientos de palabras y decenas de formas gramaticales y figuras sintácticas, antes de que un escritor estuviera en condiciones de usarlos en su producción literaria personal, creían estar muy cerca de los escritores antiguos, de cuya lengua derivaban estos conocimientos. Por mucho que los bizantinos de todos los siglos –quizás con pocas excepciones– no tenían conciencia de la grandeza de la literatura antigua clásica, sentían con todo continuamente la obligación (dentro de la abrumadora tradición del aticismo y con la conciencia de la lengua "común") de preocuparse y ocuparse de la conservación de los textos antiguos.

[...]

La gran estima en Bizancio hacia la filología no salía sólo de pensamientos y motivaciones que tenían que ver exclusivamente con la estética o la historia de la educación. Por otra parte, la capacitación para la retórica y el estilo basados en los modelos antiguos constituía parte inseparable de la educación de los funcionarios de los altos escalafones del Estado. Los miembros de la administración imperial y patriarcal debían ser capaces de copiar correctamente lo que les dictaban e incluso preparar borradores y escribir con buena letra cartas bien redactadas, misivas al extranjero, tratados, documentos para la concesión de privilegios, ordenanzas etc. La formación estilística de los proemios de las leyes imperiales, de los discursos con bula o de los documentos patriarcales exigían altos requisitos por parte del funcionario imperial. Por una parte, debía usar como fuente de inspiración exclusivamente un determinado stock de clichés retóricos de la ideología del Imperio Bizantino. Por otra parte, el principio de la variatio tenía que aplicarse al detalle sin remisión alguna. Los textos que se han transmitido certifican cuán fielmente conservaban en Bizancio estas normas. La multitud de variantes gramaticales en la elección de palabras y en la sintaxis se derivaba de una formación completa. Esta capacitación formalística y humanística era requerida también por los diplomáticos bizantinos. No nos sorprende, pues, que entre aquellos a los que la aula encomendaba la composición de tales documentos se hallan los más significativos nombres de las letras bizantinas: Miguel Pselós, Teodoro Metoquites, Nicéforo Cumnos, Demetrio Cidonis.

Herbert Hunger, βυζαντιν λογοτεχνία, λόγια κοσμικ γραμματεία τν Βυζαντινν,
θήνα 2009, τ. β': " στορικ κα πνευματικ ξία τς φιλολογίας στ Βυζάντιο", 367-369 & 375



(Original: Die hochsprachliche profane Literatur der Byzantiner, 1978)


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